Estamos en: Pasaje Ayuntamiento, 28 - Cerdanyola del Vallès
Barcelona, España
La ignorancia es muy atrevida, dicen. Y lo suscribo. Las personas cuanto menos conocemos más hablamos, cuando más datos nos faltan con más facilidad juzgamos. Supongo que es una tentación difícil de refrenar y en la que caemos con facilidad, quizás para reivindicar así nuestra supuesta sapiencia, es decir, lo contrario de la ignorancia. Una de estas situaciones tiene que ver con nuestras valoraciones de una Iglesia o comunidad cristiana que no es la nuestra. Por aquí y por allá he oído impactado comentarios cristianos acerca de si una Iglesia estaba más o menos muerta o viva, como si su situación vital dependiera de la valoración subjetiva que hagan sus visitantes. Resumiendo los argumentos oídos se suele catalogar una Iglesia muerta bajo el siguiente diagnóstico: su alabanza no es dinámica, no hay poder en la predicación, no se practican algunos dones… o no se dan algunas prácticas modernas que en ningún caso aparecen en la Biblia.
Precisamente la Palabra no suele entrar en este debate pues la Iglesia primitiva, con sus errores y pecados, se reunía con estos objetivos básicos: orar, compartir el pan, escudriñar la Palabra, tener comunión unos con otros… y crecer. En todo caso una Iglesia estaría muerta cuando dejara de seguir a Jesús y anunciar su Nombre, o cuando dejara de depender de Dios y rechazara ser su sal y luz; entonces simplemente dejaría de ser Iglesia. En el Nuevo Testamento muchas de las cartas apostólicas se escribieron a Iglesias atacadas por preocupantes herejías y errores pero en ningún caso los Apóstoles las consideraron Iglesias muertas. Sólo el libro de Apocalipsis relata el caso de una Iglesia que parece muerta en Sardis, pero incluso para ella debe haber esperanza pues es llamada a recordar, a estar vigilante y a arrepentirse. De hacerlo así su nombre no sería borrado del Libro de la Vida. Una esperanza basada en que las Iglesias, como organismo vivo que son, viven ciclos y etapas en las que evolucionan y cambian.
Una Iglesia no está más viva porque se alce más la voz en sus cultos o se instale en un constante jolgorio, a veces basado en la apariencia externa pero sin vida espiritual. Seguro que el aburrimiento o la rutina no son estimulantes pero tampoco podemos afirmar que esa Iglesia está muerta porque ame más el silencio o la reverencia al estar ante la impresionante Presencia de Dios. Afirmar la defunción de una congregación es un juicio que sólo se puede reservar a Dios mismo, por tanto es un atrevimiento que un cristiano maduro no se puede permitir, una presunción que es en sí mismo un acto de pecado contra la esposa de Cristo. Personalmente me he sentido rodeado de vida en Iglesias con expresiones muy emotivas de alabanza, con volumen y proclamación pero también en contextos de recogimiento, silencio y admiración. En algunas he escuchado predicaciones fogosas y apasionadas y en otras el mensaje pausado invitaba a la reflexión y la introspección personal. En todas he sido bendecido por el Señor porque si buscas ser bendecido eso es lo que sucede. Al igual que los colores no cambian la calidad ni la función de las cosas las formas no afectan a la profundidad de nuestra fe ni pueden llevarnos al juicio gratuito hacia los demás sin acabar pecando. Incluso en una Iglesia aparentemente enmohecida hay cristianos firmes y fieles seguidores de Jesús que pueden ser tu mejor modelo espiritual. Quizás no canten con fuerza pero su fe sí es potente, quizás sus oraciones sean temblorosas y torpes pero sin duda están guiadas por el Espíritu Santo. Cada uno nos sentiremos más a gusto en una u otra -y así debemos decidir- pero nunca juzgar porque sólo el Señor conoce a Su Iglesia.
Según he oído en sus testimonios las personas de nuestra congregación -yo entre ellas- un tiempo atrás sí eran difuntas en vida ya que estaban muertas en sus delitos y pecados antes de conocer a Jesús. Pero por la Gracia de Dios fueron renacidas a una nueva vida que nunca perderán. Podrán -podremos- estar pasando por momentos de desánimo -incluso incoherencia- pero nunca podremos perder nuestra nueva vida en Cristo. Por tanto, que nadie te diga que ahora eres un cristiano muerto. Ni que nunca lo pronuncie tu boca.
No, no creo en Iglesias muertas porque su Dios está vivo aunque constato que las hay profundamente dormidas y casi sin visión, guiadas más por el ritual y el compromiso cultural que por la fe y la pasión por las almas. Pero aún así el Espíritu Santo no las ha abandonado y Dios sigue aplicando su misericordia sobre ellas a la espera de que despierten. Sólo hay que orar por ellas y esperar.
Versículo de la semana:
Eclesiastés 12: 1
Dios hizo este día único y especial para ti,
aprovéchalo y búscale...